Igualdad y la Nueva Desigualdad.

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Por: Daniel Valles.

¿Se debe de tratar a todas las personas por igual?

La respuesta obligada, políticamente correcta y socialmente segura sería: sí.

Pero la realidad es mucho más complicada.

¿Debe tratarse igual a una persona honrada que a una que se caracteriza por ser criminal? ¿Debe recibir la misma confianza quien cumple su palabra que quien ha hecho del engaño una forma de vida? ¿Debe otorgarse el mismo reconocimiento a quien construye comunidad que a quien la destruye?

La respuesta intuitiva de cualquier persona razonable es no.

Sin embargo, vivimos en una época donde la igualdad se ha convertido en una especie de dogma secular…

Vivimos en la era de la igualdad. Todo habla de igualdad. Los gobiernos hablan de igualdad. Las universidades hablan de igualdad. Los medios hablan de igualdad. Los organismos internacionales hablan de igualdad. Las empresas hablan de igualdad. Los activistas hablan de igualdad. El entretenimiento habla de igualdad.

La igualdad se ha convertido en el valor supremo del discurso contemporáneo.

Pero debajo del ruido aparece una pregunta incómoda:

Si todos somos iguales, ¿por qué existen personas más protegidas que otras? ¿Por qué ciertos dolores reciben cobertura nacional durante semanas y otros apenas ocupan unas cuantas líneas en una nota secundaria? ¿Por qué algunas víctimas son elevadas a símbolos y otras terminan olvidadas?

Las madres buscadoras de México llevan años formulando la misma acusación: “no nos escuchan”.

Porque igualdad no es una palabra. Igualdad es trato.

El problema es que la igualdad absoluta nunca ha existido. No existe en la naturaleza. No existe en la biología. No existe en las capacidades humanas. No existe en los talentos. No existe en la inteligencia. No existe en la voluntad. No existe en el carácter.

Hay personas más disciplinadas que otras. Más responsables. Más capaces. Más generosas. Más creativas. Más trabajadoras. Más honestas.

Y también ocurre exactamente lo contrario.

“Cuánta de la frustración del mundo moderno viene del inicio por asumir que todos somos iguales, para descubrir que esto no es así y por ello descubrir que no se pueden regresar a la unión de la fraternidad”.

“Igualdad: es un concepto desorganizador hasta ahora, contrario a lo que significa orden en las relaciones humanas. Es un orden sin un diseño; es un intento por normar, sin un sentido o fruto, lo que desde tiempos inmemorables ha sido el orden esquemático de las cosas”, escribe Richard M. Weaber, (1910-63), en su libro, Las Ideas tienen consecuencias, P-38

La justicia consiste en dar a cada quien lo que corresponde. No en fingir que todos son exactamente iguales.

Porque tratar igual a los iguales es justicia. Pero tratar igual a los desiguales puede convertirse en una nueva forma de injusticia.

La verdadera pregunta nunca ha sido si todos somos iguales.

La verdadera pregunta es cómo construir una sociedad justa sabiendo que no lo somos. Ahí, precisamente ahí, comienza el verdadero debate. Y Ahí está, El Meollo del Asunto